
He pasado la noche dando vueltas en la cama, sin poder conciliar el sueño. Al borde del lagrimeo, pero sin soltarlo. Finalmente pude descansar unas horas y esta mañana he encontrado el camino despejado, con las huellas que deja el agua tras la lluvia, el aire limpio y fresco, el cielo con alguna nube gris y una ligera brisa que invita a caminar. Un camino sin bifurcación, de un solo sentido.
Y mi mente, también despejada, decide no preocuparse de lo que, en este momento, no tiene solución. Mi prioridad soy yo y no creo ser la prioridad de nadie. Así que estaré atento a lo que surja en este paseo.
Escribo y vuelvo a tener el deseo de llorar.
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